Van las devoluciones ordenadas por consigna.
1)
Agustín plantea con total precisión y solvencia la cuestión de los empleados públicos y la no correspondencia entre formación de clase y posición de clase ya que lo determinante es la lucha. El caso argentino está desaprovechado en el texto del TP. En los años ’90 en Argentina los docentes protagonizaron la vanguardia de la resistencia a las políticas de achicamiento y privatización. La resignificación de los docentes como “trabajadores” de la educación y del personal hospitalarios como “trabajadores” de la salud, etc. constituyó un cambio importante en la constitución de la clase obrera argentina tradicionalmente apoyada en la identidad obrera industrial. Incluso hoy mismo el tema que camioneros constituya la cara visible de las demandas obreras sigue mostrando la plasticidad del proceso de formación de clase. En la crisis del 2001 justamente los grandes ausentes de las movilizaciones fueron los obreros industriales que conservaron el empleo. Es decir, las posiciones típicamente identificadas con el clasismo tradicional fueron las más atemorizadas y reluctantes a la movilización comparados con desocupados y empleados públicos.
Lucrecia, se confundió dos veces no era Przeworsky y tampoco “Parkins”, sino Parkin, ja, ja. Pero su planteo es completamente correcto. Es muy importante el señalamiento de que el empleo público calificado está sometido a cierre social con una elevada carga de legitimación en países como Francia y Alemania, en donde adquiere ribetes estamentales. Ni hablar en la ex URSS, donde los estudios realizados pos caída del muro mostraban que los cargos eran prácticamente hereditarios, los hijos de los directores de empresas eran directores de empresas, etc. Para que se vea que el cierre social no son mecanismos que se dan solo en el capitalismo. De cualquier manera, no siempre es lo mismo, creo que en Argentina y A. Latina el empleo público suele estar devaluado y no tan sometido a cierre.
Matías y Carlos toman el marxismo estructural de Harnecker y definen con acierto que ni técnicos y ni supervisores formarían parte de la clase obrera o de la burguesía en el típico esquema dicotómico de esta postura. Es más discutible que los bancarios no formen parte de la clase obrera. Primero porque si bien no producen plusvalía sí son explotados en tanto su trabajo ahorra mayores costos de administración, gestión del dinero, etc. que los que le pagan como salario. Segundo, porque en la argentina ese gremio tiene un tradición bastante combativa que incluso llegó a desafiar al segundo gobierno de Perón, y en los ’90 protagonizó grandes paros y luchas contra las privatizaciones bancarias, lo que llevó a Menem a regular el derecho de huelga y colocar como servicio público esencial el “clearing bancario” para ilegalizar las huelgas bancarias. El razonamiento de Matías que excluye a los bancarios de la clase obrera por las condiciones de vida es bastante “prejuicioso”: hoy mismo hay obreros industriales que con horas extras superan los salarios de los bancarios. Además el mismo razonamiento hizo el ex ministro Cavallo que en el año 94 ante una huelga muy fuerte acusó a los bancarios de quejarse cuando trabajan con saco y corbata y tienen aire acondicionado, al otro día los bancarios en conflicto fueron al banco en bermudas y ojotas a modo de protesta.
Anaclara olvidó las referencias al caso de los empleados públicos en la argentina.
2)
Me parece que Antonella no aplica bien el concepto de cierre social, al que confunde me temo con el concepto de exclusión social, que tienen poco que ver. Los movimientos de desocupados fueron excluidos del acceso al empleo, pero no se aclara en el texto cuál sería el mecanismo de cierre. Si cierra una fábrica no hay cierre social sino exclusión. Cierre social habría por ejemplo si ante un cierre, el sindicato o cualqueir sector interno obrero negocia criterios por los cuales se echan a qué trabajadores (mujeres, jóvenes, negros, etc.). Releer el texto de Parkin.
3)
Patricia Prado y Regina Vidart, coinciden bastante con las tesis tradicionalmente difunididas por la izquierda intelectual. Sin embargo, como todo, es posible de dobles lecturas. La “verticalizada” clase obrera a través de la dirigencia sindical con la crisis de 1952 se negó a aceptar los límites a la negociación paritarias que pretendía Perón quien para convencerlos convocó al Congreso de la Productividad. Algunos gremios importantes entraron en huelga e incluso se registraron algunas respuestas persecutorias hacia ellos. Hoy mismo el conflicto con el moyanismo muestra que el peronismo es muy poco afecto a la disciplina partidaria y los liderazgos excluyentes. Muchísimos dirigentes del primer peronismo intentaron desafiar a Perón (no solo C. Reyes, sino también Mercante, el mismísimo Jauretche, etc.). J. W. Cooke diputado en una oportunidad votó en contra de la voluntad de Perón y del bloque mayoritario y no obstante eso Perón poco después lo convocó para dirigir una reforma del Partido Justicialista. Lo mismo hay una tradición absurda inventada por algunos intelectuales de la década del 60 que caracterizaron al peronismo como un “estatismo”. En general los historiadores serios hoy aceptan que el intervencionismo estatal había empezado mucho antes y que en líneas generales Perón no era afecto a invadir el terreno de la iniciativa privada productiva (sí por supuesto en los servicios sociales), por eso Peron no quiso estatizar el petróleo, negoció los primeros contratos con empresas americanas, etc. Podríamos seguir infinitamente con esta saga, pero la imagen construida de un peronismo estatista y autoritario hay que revisarla a mi juicio.
El proceso de formación de la clase obrera recibió un impulso gigantesco por el peronismo: no solo por el reconocimiento a su poder social y colectivo sino también como derechos. Lejos del marxismo vulgar que cree que las concesiones y el bienestar conspiran contra la identidad obrera y su voluntad de lucha, la sociología de la acción colectiva demuestra contundentemente que la predisposición a la lucha es mucho mayor cuando las personas asumen un modo de vida como un estándar que se naturaliza como derecho y se amenaza perderlo. Es por eso que la clase obrera se mantuvo hasta hoy asociada al peronismo: con esa palabra se asocia el modo de vida que consideran un derecho y se convierte en patrón de justicia que impulsa las movilizaciones y resistencias. Al revés cuando la clase obrera estuvo peor en las décadas de ajuste y neoliberalismo, fragmentación, y pérdida de la identidad obrera como asociada a un estándar cristalizado como derecho, es que se registraron menores inclinaciones combativas (en la década del ’90 sobre todo). Los derechos que se conquistan hoy son los motivos de lucha mañana.
María Noel Angarola
ResponderEliminar1) Siguiendo las reflexiones de Poulantzas, podemos pensar a las diferentes clases sociales de Argentina como distintos campos de las relaciones estructurales que continuamente se encuentra en lucha como medio de su propia supervivencia. Es decir, cuando se intenta analizar la composición de una clase social en particular, no se refiere a un elemento de las relaciones sociales, sino por el contrario a un campo vinculado estrictamente con el funcionamiento de la sociedad como conjunto. De acuerdo a su explicación, en ella se hallan las relaciones estructurales, como globalizantes, luego las relaciones sociales, como campo de las prácticas de clase, y luego el elemento situado dentro del conjunto social en su totalidad. Su análisis teórico nos podría ayudar a pensar sobre cómo se ubican aquellos trabajadores cuya actividad tiene que ver con puestos administrativos, supervisores o técnicos según una escala social en la que se permita diferenciar entre clase obrera o no obrera local. Según Poulantzas, las luchas de clases están relacionadas con la lucha de las prácticas sociales que se hallan internalizadas en la cultura de una determinada sociedad. En este combate demuestran su unión, ya que su feedback está dado por un mecanismo que, a la vez que se enfrentan, se mezclan, aumentando constantemente su complejidad. El capitalismo, en este aspecto, actúa distribuyendo a las clases de acuerdo al resultado de esas luchas. Y así sucesivamente las disputas se reproducen en el sistema continuamente con el armado de nuevos grupos sociales y el desplazamiento de otros. Es posible abordar así a los empleados administrativos, técnicos y supervisores como integrantes de una clase media ascendente la cual se distancia de la obrera solo en su aspecto productivo, ya que estos tipos de puestos no participan de la fase de la producción de bienes en forma activa, sino que su actuación está relacionada con la fase de la circulación del bien en el proceso general de manufactura. De esta manera su tarea oficia como meros intermediarios entre los obreros de base y los dueños, patrones o gerenciadores de un núcleo productivo. Siguiendo el criterio analítico de este autor, quien diagrama una clasificación bajo el nombre de categorías sociales, podríamos ubicar a estos tres tipos de trabajadores junto al estudiantado, los intelectuales y la burocracia estatal, porque no los considera clases estrictamente pero sí relevantes para el proceso de las luchas de clases. Es decir, si bien no son los protagonistas de las revoluciones, revueltas o conflictos sociales, ni tampoco de los reclamos de clases, pueden sin embargo integrar aquellos grupos que se encuentran en dificultad ya sea por cuestiones salariales, representaciones gremiales o temas jurídicas. Tanto los empleados administrativos, como los técnicos o supervisores, se desenvuelven en el ciclo de producción como un anexo de los grupos de trabajadores de posiciones de menos formación específica, posicionándolos a la vez en la sociedad como un grupo cuyo interés en pugna es preservado o defendido de acuerdo a las oscilaciones del desarrollo económico y político del país. No solo son claves para Poulantzas estas dos dimensiones, también lo es la ideológica ya que la considera necesaria para un análisis acabado sobre la determinación de las clases sociales. No podemos arriesgarnos a pensar que la totalidad de los técnicos, los supervisores o los empleados administrativos en Argentina cuenten con una propia conciencia de formación clase, sí en cambio observar que estos puestos no requieren de una autoreflexión social para su desempeño como trabajo improductivo.