El esquema giddensiano que apela a los procesos de
estructuración de clase puede decirse que constituyeron el último gran esfuerzo
de enfrentar estos problemas con las herramientas legadas por los clásicos. La
solución de Giddens es simplemente pensar las clases como capas de
determinaciones sociales que empiezan por el mercado de trabajo, siguen en los
factores comunitarios y demográficos y
terminan en aspectos de status y prestigio, sentidos de pertenencia e
identidad, sin olvidar el papel de la lucha de clases. Giddens hace un
verdadero melting pot que mezcla todo y así multiplica las dificultades más que
subsanarlas.
Los enfoques contemporáneos que parten de Olin Wright y
Bourdieu (ambos tienen antecedentes en Poulantzas el primero y en Norbert Elías
el segundo) comienzan a modificar o abandonar de manera ostensible los
parámetros de la tradición marxiana y weberiana y en este sentido podría
decirse que inauguran una etapa posclásica.
O. Wright avanza en un modelo de determinación global que
categoriza las relaciones entre estructuras económicas y políticas con la lucha
de clases. Podríamos decir que los aportes sustantivos a este respecto son dos:
1) lejos de la tradición clásica, la lucha de clases no se deriva del mercado o
las relaciones de producción, sino que establece una serie de relaciones de
limitación y transformación. La lucha de clases no permanece como efecto
exterior a la estructura sino que es la forma misma del proceso de
transformación de la estructura. El “secretillo” del esquema de O. Wright es
que si la estructura económica puede establecer un límite de compatibilidad
funcional a otras estructuras, no puede establecerlo sobre la lucha de clases.
La lucha de clases está limitada pero es “libre” frente a las estructuras, es
decir puede transformarlas. Las
estructuras sin dudas introducen limitaciones a la lucha de clases pero no al
punto de que la lucha de clases no pueda incidir sobre las mismas estructuras
que la limitan.
2) Además las relaciones de limitación (que en los planteos
clásicos era la única reconocida) entran en no correspondencia con los de
reproducción. Una estructura económica puede establecer límites de variabilidad
a las estructuras políticas y la lucha de clases pero ello no garantiza que las
intervenciones políticas y la lucha de clases asuman un papel no reproductivo y
de mediación o transformación de las mismas estructuras.
El otro de los aportes rupturistas en lo teórico de este
autor es la idea extraordinaria de que las clases medias tienen posiciones
estructuralmente ambiguas o contradictorias pero no por ello dejan de ser
clases. Las clases medias no pertenecen a un modo sino que cruzan dos modos de
producción: el mercantil simple y el capitalista. Asimismo es importante el análisis de los tres
procesos contemporáneos que inciden en los procesos de establecer fronteras de
clase entre las clases medias: la pérdida de control en el proceso de trabajo,
la diferenciación de funciones del capital entre propiedad y gestión, y las
jerarquías de autoridad y las formas de control técnico impersonal.
También es novedoso el planteo de diferenciar interés de
clase y capacidades de clase (estructurales y organizativas), abriendo
conceptualmente la cuestión del proceso de formación de clase que, a su vez, es
objeto mismo de la lucha de clases. Es decir, siembra las bases de la
politización y deseconomización de la lucha de clases: las mismas capacidades de clase no son derivaciones
directas de la posición económica de clase sino que son objeto y producto de la lucha de clase misma.
También es importante la discusión sobre el concepto de
explotación, que es un tradicional pilar de las teorías clásicas. Aquí se ve
algo poco señalado: la explotación supone niveles de dependencia recíproca
entre explotador y explotado, a diferencia de las relaciones de opresión. Es
clásico el planteo de Wright en tanto que clase se sigue refiriendo a
relaciones de explotación y no de opresión pero, no obstante, las relaciones de
dominación de clase (regulan el nivel de esta interdependencia o reciprocidad)
son importantes aunque subordinadas a la explotación.
También son aportes muy sugestivos la manera de caracterizar
el poder de clase como en tres dimensiones situacional, institucional o
sistémico. Sintéticamente el primero es
el poder de dar órdenes a los actores para que actúen de determinada manera
(poder positivo), el segundo es el poder de excluir o quitar de la agenda, de
la consideración, determinadas acciones (poder negativo) y el tercero es lograr
que las reglas de juego que destribuyen posibilidades de ejercer los otros dos
tipos de poder sean sesgadas a favor de la propia clase. Este tipo de poder
sistémico es en cierto punto invisible y controla lo que es pensable
políticamente para las posiciones de clase subordinadas. Las luchas de clase
siempre son tridimensionales y afectan estas tres dimensiones con dominancias
cambiantes: hay una lucha liberal/ “progresista”/”populista” el poder positivo, una lucha
reformista/conservadora por el poder institucional y una
revolucionaria/reaccionaria por el poder sistémico.
No es menos novedoso el planteo de P. Bourdieu en el Cap. 2
de ese clásico de la sociología de la cultura que es La Distinción. Allí se
establecen con gran fuerza los conceptos analíticos del “espacio social”, es
decir, el locus sobre el que se hacen
inteligibles las clases sociales. En este capítulo Bourdieu desarrolla una
teoría de las clases sociales sobre las nociones de habitus, campo y especies de capital que intenta superar las
limitaciones metodológicas y analíticas de los planteos empiristas, marxistas,
etc. El procedimiento constructivo adoptado asume la forma de una topografía
móvil o de mapa dinámico en el que se intersectan los planos sincrónicos
estucturales y diacrónicos tendenciales.
La problemática de las clases es definida como aquella
búsqueda de explicación de distribuciones de bienes y prácticas, aclarando dos
cosas: a) que los bienes no son
objetividades dadas sino que se inscriben en usos sociales asociados a estilos
de vida, donde los productos son también productos de las disposiciones de los
agentes (formas de percepción, acción y apreciación) ; y b) las prácticas no
son puras elecciones voluntarias y concientes indeterminadas sino que deben ser
comprendidas no como simples efectos mecánicos de la posesión de capital
objetivado social y económico, sino también como estructuradas a través de
habitus (capital incorporado) y en relación a las fuerzas y tensiones que
atraviesan los campos específicos en donde se ponen en juego. No solamente las
condiciones homogéneas de existencia, sino también las disposiciones
incorporadas en los agentes explican la similitud de prácticas. Además, los mecanismos de acceso a las
posiciones de clase seleccionan en múltiples formas visibles o enmascaradas
según criterios de evaluación de disposiciones muchas veces “secundarias” . La
dialéctica entre la posesión y la disposición es el dispositivo teórico
mediante el cual Bourdieu intenta develar la eficacia “objetiva” de las clases
sociales.
La causalidad propia de la determinación clasista asume una
forma “estructural” y no “lineal” que obliga a indagar cómo cada factor (edad,
sexo, residencia, etc.) y tipo de capital es mediado por los otros. Así Bourdieu presenta un espacio social de
constitución de clases, construido en dos dimensiones de tres series: volumen,
estructura (composición por tipo) y evolución del capital; y capital económico,
social y cultural. Estos espacios ofrecen relaciones variables de congruencia y
simetría. Desde grupos que comparten altos volúmenes de todos los tipos de
capital y son fundamentalmente estables en su composición y permanencia futura,
y otros grupos que ofrecen disparidades notables y fuertes inestabilidades.
Diversas fracciones de la pequeño burguesía son ejemplos de estos últimos. La
evidencia empírica muestra que dentro de diversas clases y fracciones existe
una relación inversa entre capital económico y capital escolar y cultural. Las
burguesía en sus fracciones superiores se independiza de las exigencias de la
adquisición de capital cultural, y en cambio la pequeña burguesía y los
profesionales depositan en él su esperanza de sostenimiento y ascenso social.
La contribución más rica del texto es la que analiza las
trayectorias, el dinamismo de los campos considerados y las estrategias de los
agentes. Todos los grupos tienden a una doble
lucha: para mantener y acrecentar el valor de la especie mayoritaria de
capital propio, y por la prevalencia de los criterios de valorización más
favorables a ellos en cada campo. Este
es un cuarto tipo de capital: el capital simbólico que viene anexo a todas las
otras formas de capital. Hay que luchar
por la distribución de cada forma de capital y también por la vigencia, el
reconocimiento por parte del resto de los agentes y la legitimidad del propio
valor del capital apropiado.
Una de las estrategias de los agentes es la movilidad de
capital que puede ser vertical cuando es ascenso/descenso dentro del mismo tipo
de capital. Pero las más interesantes son
las que implican un desplazamiento transversal, es decir, entre campos
distintos que obliga a establecer una reconversión de valor entre el capital
poseido y el capital que se adquiere con él. Es en este sentido que juega la
idea de “inversión” como apuesta a un juego de valorizaciones. A ello lo llama
procesos de “conversión” y son cruciales a la hora de entender las luchas en el
espacio social: los agentes tienen estrategias de “apuesta” a ganar espacios en
diversos campos mediante la conversión de un tipo de capital en otro.
En este esquema explicativo, el autor estudia uno de los
fenómenos más interesantes del campo cultural: la superproducción de títulos,
la democratización de la enseñanza superior y la devaluacion del capital
cultural escolarizado.
Las estrategias de aumento del capital escolar, aumentando
la inversión económica de las familias en educación, chocan con el efecto de
pérdida de valor de mercado de los mismos títulos alcanzados. Bourdieu describe
el efecto de alodoxia como un autoengaño que retrasa la percepción real del
valor objetivo de los títulos, ya que los habitus incorporados siguen aplicando
formas de apreciación ancladas en su tiempo de adquisición y no en la situación
de mercado actual. Es por ello que la expansión de la distribución de capital
cultural escolar se acompaña de una “generación engañada” que no puede alcanzar
las expectativas prometidas asociadas a su inversión en esta especie de
capital, dando lugar a procesos de desclasamiento o al riesgo de de desviarse
por debajo de las trayectorias esperadas. Los sectores de la pequeño burguesía
son particularmente sensibles a estas amenazas y ante ellas ponen en práctica
estrategias de movilización no solo de su capital social, sino también de
búsquedas de posiciones accesibles y acomodamientos que redefinen profesiones y
puestos de trabajo. Así, los campos laborales más nuevos, más dipersos y menos
codificados dan oportunidades a una gama variada y flexible de empleos
semiburgueses vinculados a los servicios personales, medios de comunicación,
entretenimiento, cultura y a todas las formas novedosas de ejercicio de la
dominación suave y la integración simbólica de las clases subordinadas.
Los procesos de devaluación de títulos generalmente adoptan
la forma invisible e insensible y suave que maximiza el efecto de alodoxia
multiplicando los errores de apreciación que no tardan en convertirse en crisis
personales. Las transformaciones del campo escolar apelan a tres mecanismos de
filtrado de las estrategias de ascenso de estos sectores: eliminación suave o
rezago progresivo, relegamiento a circuitos educativos explícitamente
desvalorizados, y devaluación del valor del título. Si todo esto no fuera
suficiente siempre quedan los mecanismos de exclusión, discriminación,
selección, cupos, patronazgo, etc. con el que
se preservan espacios y monopolios de oportunidades.
Las estrategias de los grupos y las respuestas de los que
disputan con ellos van generando efectos de deformación de la estructura o de
traslación de estructuras por la cual las distancias jerárquicas entre
posiciones se mantienen no a pesar, sino justamente en virtud de los cambios en
las acciones y disposiciones de los grupos. Las propiedades ordinales de los
campos se conservan mediante cambios en sus propiedades cardinales
(posicionales), concluirá Bourdieu que, sin embargo, termina alentando
expectativas de cambios estructurales por los efectos de una crisis de
frustración de expectativas generalizadas.
El indudable defecto de la gigantesca contribución de
Bourdieu es su omisión a la lucha y el conflicto. Si bien él las considera
conceptualmente en la dimensión analítica de la “historia” del campo en
particular, en sus investigaciones empíricas brillan por su ausencia y los
campos aparecen como espacios sociales rígidos y carentes de tensión. No
obstante, los conceptos de Bourdieu son casi insustituibles a la hora de pensar
un análisis de la lucha desde una perspectiva clasista.
Por último tenemos los textos de Gouldner y Goldthorpe como
dos de los principales teóricos de la emergencia de la clase media. El primero tributario de las teorías del
posindustrialismo y la tecnoestructura directamente tiende a considerar a las
clases medias como los verdaderos soportes de la sociedad contemporánea y en
fuerte disputa con las viejas clases propietarias. Aunque en muchos sentidos
este planteo haya envejecido notablemente (la concentración de ingresos y
propiedad en el capitalismo global actual refuta claramente sus análisis) no
deja de llamar a la reflexión algunos de sus señalamientos históricos.
Considero que el Codigo de Discurso Crítico sigue siendo un lenguaje universal de las clases medias basadas en el
saber y la competencia técnica y humanística. Además también tiene considerable asidero
histórico que el papel de las clases medias en los procesos de cambio social ha
sido siempre importante.
Goldthorpe es un analista de la estructura de clases en el
primer mundo y sus hallazgos empíricos hacia finales de los ’80 llevaron a
posar la atención en el fenómeno llamado de las “clases de servicios”
caracterizadas por evadir algunas de los rasgos propios de las relaciones
laborales de asalariados. A la manera de una “incrustación” estamental en el
medio de las organizaciones corporativas económicas más modernas, las clases de
servicios (gerentes, desarrolladores, técnicos expertos, etc.) se caracterizan por elevados grados de
autonomía en el trabajo, fuertes identidades y sentidos de pertenencia
profesionales, bajo compromiso con las organizaciones, son beneficiarios de
relaciones de confianza por parte de los propietarios y accionistas, y también
tienen expectativas de seguridad y estímulos diferenciales o expectativas de
“privilegios” prospectivos (carrera profesional o ejecutiva, muchas veces
honorarios en vez de salario, etc.). Los señalamientos de que estos sectores
tienen un amplio reclutamiento de origen popular (merced a la inversión en
capital y credenciales educativas) y que podrían ser la base de
cuestionamientos al sistema, sostener orientaciones contraculturales y conductas
de radicalismo político, no dejan de ser interesantes ya que hay suficientes
estudios que localizan la presencia de este tipo de agentes sociales en los
movimientos sociales ecologistas, pacificistas, contraculturales, feministas,
etc.
TRABAJO PRÁCTICO 4
Elija una.
1) Utilice el
esquema propuesto por O. Wright acerca de cómo interpretar el papel de la lucha
de clases en la determinación de las estructuras económicas y estatales, y en
las intervenciones políticas estatales, para procesos históricos de Argentina o
A. Latina. Otra manera de formular la consigna es ¿Qué tipos de mecanismos de
mediación y transformación ejerce o ejerció la lucha de clases en el contexto
de Argentina y A. Latina?
2) ¿Cuáles han
sido las capacidades estructurales y organizativas desarrolladas por las clases
medias en nuestra historia reciente?
Elija una.
1) En términos de
la terminología de Bourdieu (volumen, tipo de composición de capitales) cómo
caracterizaría la evolución de las clases medias en la Argentina desde la
dictadura en adelante. ¿Cómo evolucionó el espacio social de clase media?.
2) ¿Es posible hablar de una clase de servicios
o de Nueva Clase en nuestro país? ¿Qué aplicabilidad pueden tener estos
conceptos en nuestro contexto?